Cada vez que leo comentarios sobre las FARC quedo estupefacto cuando veo cómo mis compatriotas desconocen a las FARC. No se puede vencer a un enemigo que no se conoce bien.
Toda persona, o grupo de personas, que va a una guerra desconociendo a su enemigo o pensando que es lo que no es, siempre será derrotada. No importa cuántos billones de dólares se boten en esa guerra. No importa si las elites del ejército son las mejores del mundo. O si las FARC son lo más odiado. No importa cuántos bombardeos se hagan. Todo eso se desperdicia si no se conoce al enemigo y no se lo respeta tal como es. Si atacamos los fantasmas que nos hemos fabricado, no podemos esperar ser los vencedores del enemigo que realmente existe.
Mis compatriotas, sin darse cuenta, dejan creer que las FARC deben ser como arcángeles (como prometió llamarlas Uribe si negociaban) que poseen poderes sobrenaturales como para poder mantenerse activas después de casi medio siglo de odio, persecución, bombardeos, etc.
Pienso que no reconocer que las FARC son una fuerza política y creer que son simplemente una organización criminal, o sencillamente el cartel más importante del narcotráfico colombiano, es un tremendo error.
Confundir el financiamiento ilegal de sus operaciones con las operaciones mismas, es un razonamiento inaceptable. Una grave consecuencia de ello es que nos impide llamarlas terroristas, porque dedicarse al narcotráfico no es una actividad terrorista.
Confundir las bajas colaterales como ataques al campesinado, que en su mayoría son accidentes producidos por sus ilegales minas quiebrapatas, y no ver la asociación que fomentan las FARC con el campesinado que las apoya, es realmente desconcertante.
No entender que el secuestro es un arma política fundamental de las FARC es casi como desconocerlas completamente.
Confundir la corrupción que hay en ciertos sectores de la FARC, sus abusos y sus errores, que por otra parte son los mismos que pueden existir en el DAS, la Policía Nacional. las FF.MM. o el gobierno, no le quita su posición como grupo armado ni sus consecuencias en lo militar, social y político. Pensar lo contrario es engañarnos a nosotros mismos.
Aclarar esta situación a mis compatriotas es difícil. Los colombianos están tan enceguecidos con su odio y tan alienados con respecto al conocimiento de lo que son realmente las FARC, que se tapan los oídos ante voces como la mía y hasta lo acusan a uno de ser de las FARC, en demostración de su paranoia. Me importa que entendamos la guerra civil que por décadas se viene desarrollando en el campo colombiano; que entendamos cómo esa guerra se hizo innegable después de la aparición de los paramilitares y que comprendamos qué significan los objetivos políticos de las operaciones de las FARC y cómo los desarrollan.
¿Cómo van a enfrentar psicológicamente a un enemigo con las frases coloquiales: “narcoguerrillas criminales”, “asesinos de campesinos indefensos”, o el infantil “ratas despreciables”? Por no entender la política que están enfrentando, se quedan en “botar corriente” con frasecitas que ni mosquean a las FARC, como sucede cuando las llaman “ratas despreciables”. Lo único que falta es que les digan “feas”.
Esas frases no abarcan, ni hablan del rechazo al sabotaje político de las FARC cuando destruyen torres eléctricas. Tampoco implican la necesidad de negociar los secuestros políticos de las FARC y de aumentar la protección ciudadana para disminuirlos, ni sirven como preventivos contra los paros armados ni contra los rotundos golpes políticos que sus acciones significan para las FF.MM. y para el estado. Nada dicen acerca de cómo los métodos ilegales de las FARC son golpes políticos que debilitan las instituciones, desacreditan el ‘statu quo’, terminan justificando la corrupción en las esferas oficiales y pervierten la autoridad que nos gobierna. Estas son las serias y graves realidades de las FARC.
Pero, ¿las conocen? Las acciones de las FARC tienen objetivos políticos en un ciento por ciento, por eso son “acciones políticas”. Si sus acciones fueran criminales (con objetivos criminales), no nos ocuparíamos de ellas, les dejaríamos ese trabajo a los especialistas en la materia, la Policía.
El problema criminal de las FARC llena la primera página de la prensa internacional, pero su accionar político debe ser la preocupación central de cualquier gobierno colombiano, porque la política implícita en las operaciones de las FARC no afecta tanto a ningún otro país como a Colombia.
Colombia no puede ganar la guerra contra las FARC porque es un enemigo serio y con denigrarlas no van a dejar de existir como por arte de magia. Quizá solo en la imaginación de las personas, pero no en la realidad. Por eso no se le puede exigir a ningún líder colombiano que de sus votos de odio contra las FARC, porque si ese líder sabe cómo doblegar las FARC a la negociación sería absurdo que dañara las bases de confianza necesarias en toda negociación.
Me aterra pensar que algo políticamente tan serio como las FARC sea tratado en Colombia como si no fuera un problema que envuelve los más alto valores de nuestra humanidad, sino que nos hayamos rebajado a tratarlo como un simple problemita de cucarachas y ratones, donde el problema es matarlos, comprando el más efectivo veneno para hacerlo. La política es negociable y no debemos olvidarlo.
Necesitamos reflexionar sobre esas grandes nebulosas de odio que solo han servido para dividir al país y desviarnos de la paz social. Ese odio falto de toda cristiandad seguirá ayudando a encubrir y proteger a las verdaderas FARC.
José María Rodríguez González
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